Después de haber amenazado con un contundente plan de protestas similar al de Francia, la CGT optó por llevar a cabo movilizaciones limitadas y sin huelgas, que parecen un simple calentamiento para preparar el terreno hacia lo que podría ser un quinto paro general contra la administración de Milei. La naturaleza de estas protestas permite a la dirigencia sindical calmar la presión de los sectores más radicales, al tiempo que esperan que el malestar social crezca lo suficiente para que la paralización de actividades requiera una rectificación por parte del Gobierno.
La reciente manifestación frente a la Secretaría de Industria fue reminiscentemente similar a las concentraciones que comenzaron el 22 de julio con la “adhesión” de la CGT a la marcha de jubilados, que ocurre cada miércoles ante el Congreso. Lejos de las masivas movilizaciones de décadas pasadas, la central obrera parece organizar protestas de menor escala, sin activar completamente sus recursos tradicionales y con notables ausencias entre sus líderes más influyentes.
Este enfoque parece priorizar la cantidad sobre la calidad en sus acciones, habiendo realizado en los últimos tres meses cinco movilizaciones, entre convocadas y meramente apoyadas, todas con una participación limitada. El próximo jueves, se planea una participación en la Marcha Federal Universitaria, aunque con un acompañamiento más simbólico que masivo.
En la imagen de la movilización reciente, se vio a muchos líderes de la CGT, aunque fue notable la ausencia de figuras importantes como Armando Cavalieri, quien optó por hacer su propia marcha con sus militantes. Situaciones similares se observaron con otros referentes de gremios importantes; líderes que han optado por distanciarse de la presencia simbólica con sus pares.
No obstante, la estrategia actual de la CGT fue respaldada recientemente por un grupo de dirigentes durante una reunión ampliada, donde se acordaron movilizaciones en defensa de la industria y se expresó apoyo a la Marcha Federal Universitaria, pero el tema del paro general no se abordó.
El ala dura del sindicalismo, que solía presionar a la CGT hacia posturas más firmes contra el Gobierno, parece estar en retirada. Por ejemplo, Abel Furlán, un crítico de la inacción de la CGT, fue destituido de su puesto en la UOM. Sus aliados del Frente de Sindicatos Unidos han disminuido su influencia, y su figura más destacada es ahora el líder de ATE nacional, quien continúa insistiendo en una agenda combativa que marginan a otros sindicatos.
Hace casi dos meses, en Rosario, se había anunciado la preparación de “paros regionales” previos a una huelga nacional por salarios, con el mismo líder sindical expresando la urgencia de la situación. Un encuentro reciente en Córdoba resultó en un llamado a la CGT para la unidad en la lucha contra el Gobierno, que incluía la idea de un paro por tiempo indeterminado.
La ATE, como parte de la CTA de los Trabajadores, ha comenzado a operar de manera independiente, anunciando movilizaciones y un paro general previsto para fines de octubre, aunque con un impacto incierto, ya que la CGT continúa marcando su propio ritmo y a la espera de la quinta huelga general.
Adicionalmente, la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte, que agrupa a los principales gremios de un sector absolutamente esencial para el éxito de cualquier medida de fuerza, ha evitado por ahora las amenazas de paralización del transporte y su última acción fue un conversatorio académico sobre las derechas y los desafíos para el campo popular.
Así, parece que no solo la CGT está “farmeando aura”. Todos los líderes sindicales enfrentan el desafío de no endurecer demasiado su postura frente al Gobierno. Esto podría deberse, entre otros factores, a una falta de respaldo de las bases ante medidas drásticas que impliquen la pérdida de ingresos. Además, la actual legislación laboral establece sanciones severas para los sindicatos que no garanticen servicios mínimos durante las huelgas.
Al mismo tiempo, los trabajadores sienten que sus acciones carecen de impacto significativo, ya que se realizan sin el apoyo de la oposición política. En un discurso reciente, uno de los co-líderes de la CGT exigió una mayor involucración de la política en los problemas estructurales que enfrenta la sociedad, advirtiendo que la falta de respuesta podría generar un malestar generalizado.
Aunque el plan de lucha de la CGT aún parece más un preliminar, podría intensificarse tras la visita del Papa y la escalada de tensión con el Gobierno. Se aproximan definiciones electorales, y en el entorno gubernamental se discuten estrategias para reactivar la economía de manera que beneficie a los votantes. En este contexto, la capacidad de los sindicatos para marcar diferencia se vuelve crucial de cara a las elecciones del 2027.









