Así lo revela un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA. De acuerdo con el estudio, el 30,2% de los jóvenes tiene un empleo regular, de los cuales un 16% se encuentra en condiciones precarias.
Paralelamente, un 22,5% se halla en empleo irregular, que incluye trabajos eventuales o intermitentes, y un 10,7% lleva más de seis meses sin trabajo. La inactividad afecta a un 36,6% de esta población juvenil.
La situación se torna aún más adversa a medida que se desciende en la escala social. El empleo regular alcanza al 38,9% en el grupo de jóvenes de estrato medio alto, mientras que desciende al 19,7% en aquellos que pertenecen al estrato muy bajo. En cambio, la proporción de jóvenes empleos irregulares o desocupados recientemente asciende del 11,6% al 30,6%, y el desempleo de larga duración crece del 5,2% al 14,9%.
Las diferencias en el contexto social también afectan la combinación de educación y trabajo entre los jóvenes. Un 26,6% se dedica exclusivamente a estudiar, en tanto que el 39,7% trabaja sin cursar estudios: de este último, el 22,9% lo hace en empleos regulares y el 16,8% en empleos irregulares. Solo el 13% logra equilibrar ambas actividades.
Uno de los aspectos más destacados por el ODSA es que el 20,7% de los jóvenes ni estudia ni trabaja, conocidos como “NiNi”. Esta condición refleja una desigualdad social pronunciada, alcanzando al 34,2% en el estrato muy bajo, en comparación con el 8,3% en el medio alto.
La posibilidad de dedicarse únicamente a la formación también varía considerablemente según el origen social. En el estrato medio alto, el 41,2% de los jóvenes se dedica solo a estudiar, mientras que en el estrato muy bajo, este porcentaje desciende al 15,6%. A su vez, el trabajo irregular sin estudios aumenta del 4,9% al 26,8% entre estos grupos extremos.
“A medida que disminuyen los recursos del hogar, pierde peso el estudio y aumentan la inserción laboral irregular y la desvinculación. La desvinculación educativa y laboral es más de cuatro veces mayor en el estrato muy bajo que en el medio alto”, subrayó el ODSA.
El informe también considera la “herencia social” a la hora de explicar las trayectorias de los jóvenes. En los sectores más vulnerables, la calidad del empleo de la madre o padre de familia influye de manera significativa en las posibilidades laborales de sus hijos: cuando el hogar cuenta con un empleo estable, aumentan las probabilidades de continuar los estudios; por el contrario, en contextos de precariedad o desempleo, se incrementa la desvinculación educativa y laboral.
Sin embargo, “incluso un empleo protegido del principal sostén económico no alcanza a borrar la desventaja asociada a una posición socioeconómica baja”, advirtió el ODSA.
En el caso de los jóvenes que no son jefes de hogar, la posibilidad de dedicar tiempo completo al estudio disminuye del 39,8% al 17,6% cuando la persona que sostiene el hogar pasa de tener un empleo formal a una situación de subempleo inestable o desempleo. Al mismo tiempo, quienes se encuentran en la situación de no estudiar ni trabajar aumentan del 13,3% al 30,5%.
Este contexto presenta un panorama crítico en términos de ingresos. Según un informe de Zentrix, el 85,5% de los jóvenes de entre 18 y 39 años llega a la fecha 20 del mes sin dinero disponible, en contraste con el 60,6% de quienes tienen entre 40 y 59 años. “La juventud no solo percibe ingresos más bajos: se queda sin recursos mucho más pronto en el mes”, remarcó la consultora.









