Un total de 1,7 millones de personas compraron divisas, en comparación con los 1,5 millones reportados en junio. Por otro lado, 697.000 personas realizaron ventas que sumaron 404 millones de dólares.
Según el Banco Central, de las compras netas, aproximadamente USD 1.000 millones permanecieron en los bancos, una suma similar salió del sistema sin un destino determinado, y otros USD 900 millones se utilizaron para financiar consumos con tarjeta.
En el primer semestre, la compra mensual de dólares para ahorro había promediado poco más de USD 2.000 millones, lo que hace que el aumento de julio sea un indicador significativo y no un simple episodio aislado.
Al mismo tiempo, el riesgo país comenzó a incrementarse, superando los 500 puntos básicos en agosto. Ambas situaciones están relacionadas con un descenso en los niveles de confianza y encuestas que indican un deterioro en el Gobierno, lo que podría reducir las posibilidades de una victoria de Javier Milei en la primera vuelta.
Este contexto de incertidumbre ha llevado a un incremento en la compra de dólares, una estrategia tradicional de los argentinos para protegerse en tiempos inciertos.
El economista Fernando Marull señaló que “la cifra de atesoramiento que se registró en julio hay que tomarla como un nuevo piso mensual. Seguramente se va a mantener en la zona de USD 3.000 millones en los próximos meses”.
Sin embargo, también subrayó que la creciente dolarización del sector privado no impidió que el Banco Central acumulase cerca de USD 2.300 millones en aquel mes.
El aumento en la venta de dólares parece haber afectado más a agosto, dado que se redujo la intervención del Banco Central en el mercado, permitiéndole comprar únicamente USD 768 millones, casi un tercio menos que en julio.
El incremento en la compra de dólares tiene repercusiones importantes para la economía. En primer lugar, implica que los pesos en manos del público se utilizan para la compra de dólares en lugar de destinarse a consumo.
Por otro lado, sugiere que la demanda de dólares permanece robusta, lo que obliga al Gobierno a manejar con extrema precaución la inyección de pesos en el mercado. Aunque el objetivo es continuar con la remonetización de la economía, se deberá proceder con cautela. El riesgo radica en que una expansión monetaria no genere un impulso en la actividad económica, sino una mayor presión sobre el tipo de cambio.
Por lo tanto, el incremento en la dolarización contrasta con un aumento limitado de la actividad. En julio, la actividad económica experimentó una caída del 0,9%, según estimaciones de un estudio. Esto confirma que la economía sigue un patrón irregular, alternando entre crecimientos y retrocesos de manera casi mensual.
Durante agosto, el dólar mostró una tendencia al alza, en línea con una inflación que se estima en un rango de 1,5% a 1,8%. “El tipo de cambio mayorista superó la barrera psicológica de los $1.500 tras un cambio en la estrategia económica oficial. Después de tres semanas de restricción, las autoridades flexibilizaron el límite informal para ofrecer mayor margen al mercado y reducir la presión sobre las tasas de interés”, señalaron fuentes financieras. Al final de agosto, la moneda estadounidense cerró en baja, con un descenso de cuatro pesos, pasando de $1.512 a $1.508 en el segmento mayorista y culminando a $1.530 en el minorista.









