La decisión de dejar atrás la capital argentina fue el resultado de una acumulación de descontento con la dinámica de la vida urbana. Un accidente en moto actuó como catalizador para este cambio. Mauricio recuerda ese momento con claridad: “Un día me senté en el cordón de la calle y dije: ‘Esto es la ciudad y acá es vivir así a ritmo acelerado. La ciudad es esto, es caos, es correr y correr y correr’”. Desde hace tiempo, ya había visualizado su futuro, anotando en un papel que a los 40 años aspiraba a estar “autojubilado y en paz”. Logró adelantar ese proyecto de libertad más rápido de lo que pensaba.
Actualmente, su vida transcurre en La Paz, en la región de Traslasierra. Allí, Mauricio edifica su hogar utilizando técnicas de bioconstrucción como la quincha, que mezcla madera, paja y barro. A pesar de no tener formación en construcción, adoptó una actitud de aprendizaje continuo, aprovechando los recursos naturales disponibles en el terreno. Su vivienda carece de servicios básicos de agua y electricidad, lo que lo llevó a desarrollar soluciones alternativas. Respecto al agua, menciona: “Le hice todo un desagüe porque cuando llueve acá se acumula el agua”. Para la energía, instaló un pequeño panel solar. Curiosamente, su primera construcción fue un horno de barro, priorizándolo para resolver su alimentación diaria antes que las paredes de su casa.
La transición hacia este nuevo estilo de vida requirió superar el temor a la incertidumbre económica. Al renunciar a su trabajo en la fábrica, Mauricio enfrentó el escepticismo de quienes valoran la seguridad de un salario fijo. Aun así, tiene una visión pragmática sobre su sustento: “El no tener trabajo fijo es una tranquilidad que te da de poder hacer lo que a uno le gusta”, subraya. Cuando surge la inquietud respecto a sus ingresos, asegura que su capacidad para diversificar actividades es crucial: “Trabajo siempre sale… si uno tiene herramientas y tiene la voluntad, trabajo sale”. Actualmente, se dedica a la jardinería, la cocina y a diversas reparaciones para mantenerse.
La filosofía de Mauricio frente al miedo es clara. Considera que este puede funcionar como un freno si se le da poder, pero propone transformarlo en un motor para el avance: “Yo uso el miedo como un empuje. El secreto está en decir: ‘Bueno, ya está suelto todo y le meto’”, enfatiza la importancia de dejar atrás la conformidad. A través de esta apuesta vital, busca no solo mejorar su situación habitacional, sino también dejar un legado positivo para sus tres hijos. Su mudanza tiene como objetivo el bienestar familiar y la calidad del tiempo compartido, una dimensión que, según él, se pierde en medio de las exigencias urbanas.
El testimonio de Mauricio resalta la importancia de la introspección y la valentía para tomar decisiones drásticas que permiten recuperar el control del propio tiempo. En su reflexión final, afirma no cambiaría nada de su trayectoria: “Todo lo que hice me trajo hasta acá y es lo que yo quiero”, observa al contemplar su nueva realidad. Las experiencias vividas en la ciudad y los años de trabajo formal fueron escalones fundamentales para alcanzar esta vida autosuficiente. Ahora, lejos del caos, elige el ritmo que le ofrece la naturaleza. Este relato demuestra que renunciar a la estabilidad convencional puede representar, para muchas personas, el inicio de una búsqueda personal más profunda, donde la libertad, el trabajo manual y el tiempo en familia son el centro de la existencia cotidiana. Su experiencia, narrada en Crónicas del Cambio, ilustra de manera tangible cómo gestionar el miedo al cambio puede transformar el entorno y el estilo de vida de forma definitiva.









