Esta experiencia no es aislada; psicólogos y especialistas en salud mental han comenzado a observar un aumento en los casos de personas que llegan a sus consultorios expresando una sensación similar. No se limitan a hablar de cansancio, sino de una dificultad para reconectar con aquello que solía motivarlas.
“El problema no es solamente el cansancio. Hay una crisis del espíritu”, afirma el psicólogo Diego Catalano (MN 79.395 – MP 63.487). Se refiere al “espíritu” no en un sentido religioso, sino como esa energía ligada a la esperanza, el deseo y la capacidad de proyectar un futuro.
Desde esta perspectiva, el agotamiento se distingue de la pérdida de entusiasmo. Una persona puede sentirse cansada pero seguir teniendo ganas de crear, de establecer vínculos o de ilusionarse con nuevos objetivos. La problemática surge cuando esas ganas comienzan a desvanecerse.
Catalano sostiene que muchas personas están atravesando una crisis que trasciende el simple agotamiento laboral. Según él, esta situación también está relacionada con la pérdida gradual de referencias que, durante mucho tiempo, facilitaron la organización de la vida cotidiana.
“La familia, la educación, la justicia, las comunidades y otras instituciones ya no ocupan el mismo rol que antes como espacios de pertenencia y construcción de sentido”, indica. A esta transformación se suma un cambio significativo en la forma en que las personas se relacionan: aunque la tecnología ha modernizado la comunicación y ofrecido nuevas posibilidades, también ha alterado los tiempos de atención y la naturaleza de los vínculos.
“El celular y las redes sociales son herramientas útiles, pero cuando ocupan todos los momentos libres, cambian la manera en que nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos”, explica. Para el profesional, esta combinación puede acentuar la pérdida de esperanza y la capacidad de proyectar. “Cuando los adultos dejan de confiar en el futuro, se debilita la posibilidad de transmitir ese optimismo a las nuevas generaciones”, señala.
La cultura de la rapidez ha vinculado la productividad al apuro constante. En medio de trabajos, responsabilidades familiares y una conexión incesante, hacer una pausa parece un lujo. Sin embargo, Catalano considera que este ritmo continuo también alimenta un sentimiento de vacío. “Vivimos como en el mito de Sísifo: seguimos empujando la piedra todos los días sin detenernos a preguntarnos hacia dónde vamos”, describe. Desde su perspectiva, el individualismo también ha debilitado los espacios de encuentro. “Se espera que cada persona encuentre por sí sola las respuestas a su malestar, mientras se erosionan las redes de comunidad y solidaridad”, dice.
Esta lógica también repercute en la forma en que se establecen los vínculos. Además, agrega que muchas veces la otra persona deja de ser un compañero de vida para convertirse en un objeto de consumo o una simple distracción frente a la angustia.
Al mismo tiempo, las redes sociales alimentan una dinámica de comparación constante. Por ello, advierte: “Fomentan el narcisismo y generan un entorno de competencia. El otro deja de ser alguien con quien compartir para transformarse en un competidor. Ningún sistema nervioso puede sostener indefinidamente ese nivel de tensión”.
A pesar de que el malestar se puede naturalizar, el especialista enfatiza que no debe ser minimizado cuando se vuelve persistente. “Cuando el sufrimiento supera nuestros recursos habituales para afrontar y comienza a interferir de forma recurrente en la vida diaria, es recomendable consultar a un profesional de la salud mental”, explica.
Sin embargo, también existen pequeños cambios en la cotidianidad que pueden ayudar a reconectar con lo que genera bienestar. Reducir el uso excesivo del celular, pasar más tiempo en la naturaleza y fortalecer relaciones interpersonales pueden ser estrategias valiosas.
Para Catalano, el reto no consiste solo en hacer más cosas, sino en reflexionar sobre cómo se está viviendo, ya que tras ese “nada me entusiasma” a menudo no se esconden la falta de tiempo o de obligaciones. Lo que puede estar en juego es algo más profundo: la capacidad de ilusionarse, de construir proyectos y de encontrar sentido en las actividades diarias.









