En su trayectoria, logró lo que nadie antes había conseguido: unir a las familias. Incluso fue capaz de conciliar un país habitado por sueños inalcanzables y tensiones constantes. De alguna manera, en su andar, nos inspiró a ser mejores personas, a abrazar y a sentir su cercanía. Los que hemos vivido su carrera somos conscientes de que no habrá otro como él. Y quienes son más jóvenes, que no conocen la vida sin Messi, sienten la misma desolación que él.
Más de dos décadas vestido con la albiceleste abarcan una o quizás dos generaciones. La que está en desarrollo, cuando el ciclo de la vida continúe su curso, seguramente lo recordará en las mesas familiares. Contarán que existió, que fueron testigos de sus hazañas, que vieron, repetidamente, sus milagros. Él fue el responsable de una conexión emocional que ha unido a abuelos y nietos a través del asombro compartido.
A medida que crezcan, esas nuevas generaciones transmitirán que junto a su familia, en momentos inolvidables que el tiempo no logra borrar, fueron privilegiados espectadores de las epopeyas de Messi.
Y entonces ocurrirá la magia: a pesar de los años transcurridos, uno a uno, familia y amigos, muchos de los cuales quizás ya no estén, se agruparán nuevamente frente a la televisión, portando rituales y tradiciones, envueltos en banderas y felices de volver a reunirse en esa tribuna íntima para recordarlo y verlo en su perpetuidad. Más allá de la nostalgia, contemplarán el filme de sus propias vidas: allí estarán todos juntos otra vez, como cuando Messi supo ofrecer el regalo más precioso: brindar felicidad a un país familiarizado con el sufrimiento.









