“Oíd, mortales, el grito sagrado”. Así da inicio el himno argentino, y así culminó la épica hazaña de la selección nacional este martes; llegando al final con ese sabor especial que solo aporta un gol en el último instante. Si en el himno se clama por la libertad, una vez que Enzo Fernández anotó a los 47 del segundo tiempo, el grito que resonó en todo el país fue un contundente ¡Gol, gol, gol!
La ilusión de la Scaloneta y de todos los argentinos, de honrar el último Mundial de Lionel Messi, comenzó en Atlanta con un tropiezo: Egipto abrió el marcador a los 14 minutos del primer tiempo. A esto se sumaron otros contratiempos: un penal atajado por el arquero egipcio al minuto 10 y disparos de Alexis Mac Allister y Julián Álvarez también evitados. Con el tiempo, la incertidumbre se afianzó, pues los Faraones se replegaron en defensa y lograron crear peligro. Así, encajaron un último tanto que fue anulado por el VAR, junto a otro que estableció el 2 a 0 a su favor.
Con el marcador en contra, todo parecía estar decidido a los 33 del complemento. Messi, colocado en la banda derecha, se convirtió en el generador del milagro. Un centro perfecto a Cuti Romero significó el primer gol, mientras que otro centro, tras un rebote, llegó a sus pies: un potente remate de Messi llevó la emoción al límite.
Egipto seguía presentando un constante peligro en contragolpe. A pocos segundos del minuto 90, Leandro Paredes realizó una barrida crucial al enfrentar a cuatro rivales en una jugada en la que Dibu Martínez aguardaba tras de él. Esa acción, que en el estadio merecía celebrarse como un gol, se transformó en un grito de desahogo un minuto y medio más tarde.
Mientras tanto, tanto en las gradas de Atlanta como en cada rincón de Argentina, la tensión era palpable; el silencio reinaba en el ambiente. El partido pendía de un hilo: los siete minutos de adición dictados por el árbitro francés Letexier podían inclinarse hacia cualquier lado.
La responsabilidad recayó en Enzo Fernández, quien, con un cabezazo preciso y estético, rompió esa tensión silenciosa. Luego de una recuperación impecable de Julián Álvarez en el área argentina, la jugada avanzó hacia un pase en carrera a Lautaro Martínez, quien, con una pausa sutil, centró a Fernández. El resultado fue un grito colectivo que resonó por las calles porteñas.
El retraso en las transmisiones televisivas acentuó la sinfonía coral del grito por el gol argentino, que significaba la clasificación a cuartos de final. Los videos reflejan la liberación de tensión: las calles desiertas, con escasísimas personas movilizándose durante un evento tan crucial (posiblemente el último partido de Messi en un Mundial), mientras todos los ojos estaban puestos en Atlanta.
En cuestión de segundos, los gritos de alegría crecieron, desde el silencio hasta la euforia desbordante. También se escucharon bocinas y cornetas, y, por supuesto, el renovado anhelo de que haya más motivos de celebración en el último Mundial de Messi: la próxima prueba será contra Suiza el sábado.









