Hace cuarenta años, el uso del preservativo era considerado vital, especialmente tras la aparición del VIH en la década de 1980, convirtiéndose en una defensa crucial contra enfermedades. Para muchos de aquellos tiempos, tener un amigo o ser querido afectado por el virus marcó la urgencia de la protección. Sin embargo, en la actualidad, esta sensación de inmediatez parece haberse desvanecido. Actualmente, más del 98% de las infecciones por VIH son causadas por relaciones sexuales sin protección, según datos de la AIDS Healthcare Foundation (AHF) Argentina. Sin embargo, solo el 14% de la población utiliza preservativos en todas sus relaciones; un 65% lo usa ocasionalmente y un 20,5% nunca.
Esta situación no es solo una impresión. En 2024, la Organización Mundial de la Salud destacó una caída sostenida en el uso del preservativo a nivel global en la última década. En Argentina, Tulipán, la principal marca de preservativos, ha reportado una caída en sus ventas, lo que ha llevado a la reducción de su personal. Estos datos reflejan un cambio significativo no solo en las prácticas íntimas, sino también en la discusión pública sobre la protección.
Ante este panorama, surge una interrogante: ¿cómo es posible que una herramienta que simbolizaba cuidado y prevención en el pasado se haya desdibujado de las decisiones sexuales de hoy en día, hasta el punto de que “ir a pelo” se considera algo normal?
Para abordar esta cuestión, se han realizado entrevistas a jóvenes de entre 18 y 29 años. En la mayoría de los casos, la opinión superficial es que es necesario usar preservativos, pero a medida que se indaga más a fondo, se observan contradicciones. En particular entre los hombres, existe una discrepancia entre lo que dicen y lo que realmente sucede en la intimidad. “No es lo más usual que usen preservativo. En mi círculo es más la excepción que la regla. Incluso a veces se presume no usarlo, como para pertenecer a un status que en realidad ni existe”, comparte Milo, de 18 años.
Esta búsqueda de aceptación social también se refleja en otros relatos. “Tengo amigos que dicen ‘Mejor sin preservativo, es más canchero’, como si fuera una hazaña”, menciona Federico, de 18 años. Julián Cabrera, también de 18, añade: “No todo el mundo usa preservativo y eso se está normalizando, y no es algo bueno”.
No obstante, no todos los jóvenes piensan de la misma manera. Hay quienes abogan por su uso constante. “Siempre. Y si un amigo no tiene, compramos sí o sí. Es totalmente necesario”, dice Matías, de 19 años. Esta mezcla de posturas refleja una generación dividida, situada entre la conciencia de los riesgos y la realidad de las prácticas.
Este conflicto se intensifica en conversaciones no siempre registradas. Jóvenes que prefirieron mantener su anonimato han confesado que muchas veces eligen no usar preservativos por la “sensación” o la “adrenalina” que les provoca el riesgo. A menudo, es la complicidad masculina la que destaca estos aspectos. El temor principal que asocia la mayoría de estos jóvenes no es a las infecciones de transmisión sexual, sino al embarazo. “Se habla más de embarazo en medio de una epidemia de sífilis









