La población de más de 90 y 100 años, que solía ser considerada como una excepción, se vuelve cada vez más común. El envejecimiento demográfico impone un desafío a ciertos paradigmas médicos. Las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la principal causa de muerte entre las personas mayores.
Históricamente, la prevención de estas enfermedades se ha centrado en factores convencionales como la hipertensión, el colesterol elevado, la diabetes, el sobrepeso, el tabaquismo y la inactividad física. Aunque estos factores continúan siendo fundamentales, es esencial considerar un nuevo conjunto de determinantes.
La ‘fragilidad’ es entendida por los cardiólogos como un síndrome que no es simplemente el resultado de la edad cronológica, sino que presenta orígenes multifactoriales, influenciados por elementos genéticos, clínicos, ambientales y psicosociales. No debe ser vista como un sinónimo de vejez, sino más bien como un síndrome biológico complejo que puede ser revertido.
Esto implica que una persona con control de la presión arterial, niveles apropiados de colesterol y sin hábito de fumar puede aún enfrentar un riesgo cardiovascular alto si presenta otras vulnerabilidades no identificadas.
Entre los factores de riesgo menos evidentes que captan actualmente la atención de los expertos, se encuentra la sarcopenia, que se refiere a la pérdida progresiva de masa y fuerza muscular. La nutrición también juega un papel crucial, dado que tanto la obesidad como la desnutrición pueden derivar en resultados clínicos adversos. En el caso de los adultos mayores, la malnutrición a menudo pasa desapercibida debido a la disminución del apetito, dificultades económicas, problemas dentales y el aislamiento social.
Otro condicionante mencionado es la falta de vacunación, considerada un “factor de riesgo”. Estar inmunizado contra enfermedades como la gripe, la neumonía o el Covid-19 es vital para prevenir complicaciones que pueden provocar episodios cardiovasculares, especialmente en pacientes con otros riesgos.
La polifarmacia también se encuentra en el radar de la SAC, ya que el aumento de la esperanza de vida ha llevado a un mayor control de enfermedades crónicas, pero también a una mayor exposición a múltiples tratamientos. Muchos adultos mayores consumen numerosos medicamentos diariamente, y aunque en muchas ocasiones son necesarios, su acumulación eleva el riesgo de interacciones adversas, efectos secundarios, caídas y dificultades para seguir los tratamientos correctamente.
Además, la salud cardiovascular también está influenciada por factores sociales, psicológicos y emocionales. La depresión, el estrés, la ansiedad, la soledad y el aislamiento social están relacionados con una mayor incidencia de enfermedades cardíacas y un peor pronóstico clínico. La ausencia de pareja, el escaso apoyo social y la falta de relaciones significativas pueden impactar negativamente en la salud física.
Sebastián Benítez, coordinador de Consejos Científicos de la SAC, explica que el objetivo ya no es solamente diagnosticar enfermedades, sino también comprende cómo vive cada persona, su grado de autonomía, hábitos alimenticios, nivel de actividad física, relaciones sociales y metas de vida.
La fragilidad, la pérdida de autonomía, la sarcopenia y el aislamiento social pueden alterar de manera significativa el pronóstico cardíaco de una persona mayor. Por esta razón, es fundamental dejar de enfocarse únicamente en la enfermedad y considerar a la persona en su totalidad, y en el centro de las decisiones médicas, sostiene Guillermo Suárez, director del Consejo de Cardio Geriatría de la SAC.
Una perspectiva renovadora es que no basta con la edad cronológica para tomar decisiones clínicas. Dos personas de 80 años pueden presentar estados de salud completamente disímiles. Mientras una puede tener independencia funcional y buenas relaciones sociales, otra puede estar considerablemente afectada.
Sergio Baratta, presidente de la SAC, sostiene que ante el envejecimiento poblacional, es vital que los profesionales de la salud adapten su atención a las necesidades específicas del adulto mayor, lo cual requiere perfeccionar su formación. En este sentido, se ha creado el nuevo Consejo de Cardio Geriatría.
Los especialistas proponen priorizar la edad biológica sobre la cronológica, dado que esta última simplemente indica cuántos años ha vivido una persona, mientras que la biológica refleja el estado real de sus órganos y capacidades funcionales.
La relación entre fragilidad y enfermedad cardiovascular es bidireccional: las patologías cardíacas pueden favorecer el desarrollo de la fragilidad, al tiempo que esta última incrementa la probabilidad de eventos cardiovasculares graves y empeora el pronóstico de quienes ya tienen enfermedades cardíacas. Estudios internacionales han encontrado que la prefragilidad y la fragilidad están asociadas con un incremento significativo de la mortalidad y de eventos cardiovasculares mayores, incluso tras considerar los factores de riesgo tradicionales.









