Los indicadores del empleo en el sector privado registrado muestran una contracción constante que ya suma doce meses de descenso. En el último año, el sector privado formal ha perdido 135.000 empleos, una cifra similar a la registrada en 2024, al inicio del actual gobierno, cuando la economía ya se encontraba en recesión debido a una devaluación y un ajuste fiscal severo. Al considerar el período de 2023 a 2026, la caída del empleo supera los 230.000 puestos de trabajo, similar a los niveles observados en 2018 y 2019, alcanzando así la mayor contracción de empleos registrados en dos décadas.
No solo la magnitud de esta pérdida es preocupante; la dinámica del ajuste en el empleo registrado ya no se justifica en la parálisis de un sector específico, como fue el caso del freno de la obra pública en 2024. Actualmente, la caída se está sintiendo en forma generalizada. La industria, los servicios y el comercio están experimentando descensos significativos. Incluso los sectores que se beneficiaron del modelo macroeconómico actual, como la agricultura, la minería, el petróleo y las finanzas, que representan una pequeña fracción del empleo total, han eliminado puestos de trabajo en el último año. Esto indica que no solo los sectores dinámicos no están absorbiendo a los trabajadores despedidos de otros sectores, sino que están actuando como agentes de pérdida de empleo registrado.
La caída en el mercado laboral también se refleja en una inquietante dinámica empresarial. La tasa de apertura de nuevas empresas ha caído a niveles que solo se pueden comparar con la crisis histórica de 2001-2002. Aunque la tasa de cierres de empresas contribuye a la pérdida de trabajo, el ajuste laboral se observa principalmente en empresas que continúan operando, las cuales están reduciendo sus plantillas en un entorno de ventas decrecientes y alta capacidad ociosa. Este proceso ocurre en un contexto donde las reformas regulatorias han facilitado las desvinculaciones laborales y han reducido el costo de nuevas contrataciones. Las consecuencias muestran una economía cada vez más estancada.
A diferencia de la década de 1990, donde el desempleo era el indicador central del ajuste, en la actualidad la informalidad y el trabajo por cuenta propia funcionan como amortiguadores ineficaces ante la crisis.
Si bien la tasa de desempleo ha aumentado desde 2024, el trabajo no registrado y el autoempleo se han convertido en el “empleo refugio” para una parte significativa de quienes han sido desplazados del sector formal. Sin embargo, esta transición no es gratuita y está vinculada a un incremento en la inestabilidad laboral y una disminución de los ingresos. Según datos de la Encuesta Permanente de Hogares, los asalariados registrados que perdieron su empleo y luego se insertaron en el sector privado no registrado han visto caer su poder adquisitivo en un promedio del 14%. La situación es aún más adversa para los que optaron por el autoempleo, quienes enfrentan una caída real del 28% en sus ingresos. De esta forma, la informalidad, que ya asciende al 44,2% en 2026, actúa como un mecanismo para absorber mano de obra excedente, pero a expensas de perpetuar una economía con baja productividad y salarios reducidos.
Que el deterioro socioeconómico no adopte la forma de una crisis financiera clásica no disminuye su seriedad; simplemente altera su manifestación. La persistencia de este estado a lo largo del tiempo resalta dos fenómenos clave:
En primer lugar, la estrategia oficial orientada a la desinflación ha agotado su potencial para reintegrar ingresos y fomentar la actividad económica. Aunque la inflación mensual se ha estabilizado en torno al 2%, este nivel ya no actúa como un estímulo para la reactivación, como sucedió en la segunda mitad de 2024. En cambio, bajo las actuales pautas salariales y el congelamiento o la indexación de partidas de asistencia social, la desinflación ha llevado a un estancamiento del poder adquisitivo en el sector privado y a un ajuste que continúa en el público.
En segundo lugar, el ajuste se produce de manera “invisible” según los indicadores tradicionales de ingresos. Un análisis estático de los salarios promedio por grupo ocupacional puede dar la impresión de que las pérdidas son moderadas. Sin embargo, la degradación del mercado laboral ocurre también a través de cambios en su composición: el sector formal está desechando de forma permanente empleos de alta calidad, que son reemplazados por trabajos inestables, informales o autoempleados, con una remuneración notablemente inferior.
La combinación del deterioro en el mercado laboral y la relativa estabilidad de las variables monetarias y financieras nos remite a finales de los años noventa. Las comparaciones con ese periodo evidencian algunas diferencias significativas. En aquel momento, el ajuste se manifestaba en un desempleo creciente, y la informalidad no ofrecía la protección que se observa hoy. En cambio, la inflación había sido controlada y no disminuía de manera continua los ingresos familiares. De cualquier modo, estas comparaciones demuestran que el contexto actual puede no ser suficiente para satisfacer las demandas sociales.









