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María Carrillo: “Modificar el estilo de vida no solo reduce los riesgos para la salud, sino que garantiza entre dos y tres años de salud cerebral”

28 septiembre, 2026
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María Carrillo: “Modificar el estilo de vida no solo reduce los riesgos para la salud, sino que garantiza entre dos y tres años de salud cerebral”
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-¿Podría explicarnos de manera sencilla cómo es posible demorar el avance de las demencias, incluido el Alzheimer, a través de estrategias no farmacológicas? -En este momento, no podemos aseverar que las conductas planteadas en el programa LatAm-FINGERS, que incluyen alimentación saludable, actividad física, control de riesgo cardiovascular, estimulación cognitiva y socialización, logren retrasar la demencia. Sin embargo, constituyen el primer paso en este proceso. En adultos mayores con alto riesgo de demencia, no solamente hemos observado mejoras en su cognición, sino que esta se mantuvo por un periodo de dos años. A largo plazo, se puede inferir que un cerebro más protegido tiene mayor resiliencia contra cambios cerebrales que provocan síntomas relacionados con el deterioro cognitivo leve, el cual es el antecedente directo del diagnóstico de demencia. -Un desafío habitual en cualquier tratamiento de salud es la adherencia del paciente, es decir, que el paciente no abandone el tratamiento. Seguramente, mantener mejoras en los hábitos de vida, como lo propone el estudio FINGERS, será especialmente complicado. ¿Qué recomendaciones tienen al respecto? -El efecto de la intervención social en los participantes de esta propuesta fue decisivo para fomentar la adherencia; además, el seguimiento que hemos financiado desde la Alzheimer’s Association (AA) ha sido de cuatro años. Estaremos a la espera de resultados que nos indiquen si esta adherencia es capaz de contribuir a mantener los beneficios a largo plazo, algo que merece ser investigado más a fondo. -Cabe suponer que lograr un cambio en el estilo de vida resulta más difícil para aquellos que, por razones socioculturales o económicas —entre otras—, fueron criados en entornos que no fomentaron hábitos saludables como una alimentación adecuada o la práctica de actividad física. Asimismo, podría complicarse la labor del médico al intentar “vender” una mejora cognitiva real, especialmente si los resultados son inciertos o al menos no visibles a corto plazo. ¿Cómo se enfrenta todo esto? Me pregunto si las campañas oficiales vinculadas a estos hábitos son efectivas. -En Estados Unidos, hemos estimado que estos cambios de estilo de vida no solo reducen los riesgos individuales relacionados con los niveles de azúcar en sangre, presión arterial, colesterol o peso. Aun cuando en el estudio que realizamos “ganó” el grupo de intervención más intensa, que logró mejoras de al menos dos a tres años en salud cerebral, ambos grupos estudiados mostraron cambios positivos: uno recibió información y estímulo para mejorar los hábitos mencionados, mientras que el otro siguió pautas más estructuradas. -¿Y qué sucede en América Latina? La situación fue similar. Sin embargo, aunque el grupo que se adhirió a las pautas de manera más rigurosa obtuvo una cognición superior a la inicial, el grupo “flexible” también mostró mejoras en la memoria y en la cognición. Como latina, me preocupa que los hallazgos obtenidos en Estados Unidos no se vean reflejados de la misma manera en nuestras costumbres alimenticias y estilos de vida, por ejemplo, en el caso de los mexicano-estadounidenses. Es fundamental entender que pequeños cambios adaptados a la cultura de cada hogar podrían traer resultados favorables. Los profesionales de la salud pueden persuadir a los pacientes con estos argumentos: la salud del corazón está directamente relacionada con la salud general, lo que, a su vez, disminuye el riesgo de mortalidad. Lo mismo ocurre con la salud cerebral; esta se asocia con la reducción del riesgo de deterioro cognitivo leve que precede al diagnóstico de demencia. ¿Quién no aspira a tener un corazón y un cerebro más jóvenes? -Ha existido una concepción del Alzheimer como una enfermedad que, en esencia, carece de tratamientos que alteren su progresión degenerativa. ¿Se puede hablar de que estamos ante un punto de inflexión en esta realidad? -Debemos distinguir entre Alzheimer y demencia vascular. Ambas condiciones generan efectos neurodegenerativos, pero, mientras que la primera está relacionada con la acumulación anormal de proteínas beta-amiloide entre las neuronas y de proteína tau dentro de ellas, la última está vinculada a enfermedades vasculares como hipertensión, colesterol alto o diabetes. En nuestra población, tanto en Estados Unidos como en América Latina, observamos un menor riesgo de Alzheimer, pero una mayor predisposición a la demencia vascular; esta tendencia se atribuye a nuestra alimentación. La diabetes, por ejemplo, es un problema importante entre los mexicanos. Y seguramente, en el resto de la región, la situación no es diferente. Esta es una condición que puede prevenirse. En Argentina, el 59,6% de los casos de demencia son evaluables como evitables. -¿Qué debería hacer un país como Argentina para que un mayor número de personas logre mejorar su calidad de vida en este sentido? -Aumentar el consumo de aguacate, que es rico en antioxidantes; aunque tiene grasa, aporta omega, un componente beneficioso. En algunos países, han empezado a sustituir el arroz por quínoa, que resulta más nutritiva. Asimismo, hay frutas que son más saludables que otras. Existen numerosas guías conocidas como MIND diets, que promueven la alimentación de estilo mediterráneo, orientada a frenar la neurodegeneración. Se trata de pequeños cambios que pueden ofrecer resultados significativos. En Estados Unidos, además, existen opciones de gimnasios accesibles, como los de la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA), pero en América Latina no se dispone de esas alternativas. -Al igual que en gran parte del mundo, Argentina enfrenta una marcada caída de la natalidad junto con un aumento de la esperanza de vida. ¿Qué acciones debería adoptar un país como este para prepararse para los retos en materia de salud que se presentarán en las próximas dos o tres décadas? -Conforme me comentan colegas de FLENI y Facundo Manes, he observado que ha surgido un interés por parte de las autoridades: se han creado planes nacionales contra el Alzheimer, pero lo que todavía falta es apoyo financiero. No se percibe un respaldo económico adecuado, ni siquiera modestamente, que permita a los centros de salud, municipios o comunidades metropolitanas o provinciales contar con el impulso necesario para enfocarse en la salud cerebral. Sin financiamiento, todos los esfuerzos quedan en el aire, acumulando polvo. Y esto es un problema que también se presenta en el resto de América. No parece que se comprenda, como sucede en Australia, Estados Unidos, Canadá o en países asiáticos, que es vital fomentar la investigación científica. Aquí esa realidad es casi inexistente; la cantidad de investigaciones es muy reducida. -¿Cómo se relaciona el desfinanciamiento de la ciencia con la salud futura y el creciente número de adultos mayores en la población? -En Estados Unidos, nuestro plan se basa en tres ejes fundamentales. Primero, una investigación a largo plazo, con un seguimiento anual. En el ámbito científico, cada consulta genera al menos diez preguntas adicionales, lo que demuestra que un estudio no puede ser efímero. En segundo lugar, consideramos importante el apoyo público gubernamental para informar a la ciudadanía sobre los recursos disponibles en caso de padecer la enfermedad, además de cómo prevenir o retrasar el avance de la demencia y mitigar sus riesgos. Por último, es crucial brindar apoyo a quienes ya tienen Alzheimer, pues en Estados Unidos, a diferencia de Latinoamérica, no existen infraestructuras que ofrezcan asistencia a los pacientes. Las familias que son más privilegiadas pueden contratar seguros que les permitan incorporar cuidadores a sus hogares, pero en Latinoamérica esta alternativa es prácticamente inexistente y las familias se ven abrumadas por la carga. Es necesaria una ayuda que esté disponible las 24 horas del día, los siete días de la semana. Si no se respetan la investigación y sus resultados, ¿cómo se pueden tomar en serio dichos hallazgos? La Alzheimer’s Association es uno de los principales financiadores de este tipo de iniciativas y opera como una entidad sin fines de lucro. Me sorprende la falta de respaldo gubernamental hacia sus ciudadanos, y no puedo evitar quedarme atónita ante esta situación. -Han surgido nuevas opciones farmacológicas interesantes, pero son tratamientos de elevado costo, mayormente dirigidos a pacientes en etapas tempranas de la enfermedad. Parece que estamos frente a una medicina de dos velocidades: una para quienes logran acceder a diagnósticos tempranos y medicamentos, y otra para aquellos que no tienen esa posibilidad. ¿Qué opinión tiene al respecto? -Cuando se identifica un tratamiento para una enfermedad común, inmediatamente entramos en una situación de inequidad. Esto no es novedoso, también ocurre con el cáncer, por citar un ejemplo. -¿Y entonces? -Es cuestión de tiempo. La realidad cambiará porque la tecnología avanza y se producen mejoras en la presentación de tratamientos. Podríamos pasar de infusiones a administraciones en forma de comprimidos o autoinyectores, que son opciones muy convenientes. Además, existen modelos que buscan que los medicamentos tengan mayores eficiencias. Estamos desarrollando pruebas de sangre que, poco a poco, están logrando diagnósticos más accesibles y rápidos. Sin embargo, todavía nos encontramos en la misma situación que el cáncer hace años. -¿Es decir que se debe popularizar la tecnología para que los tratamientos sean más económicos? -Efectivamente. No obstante, en este momento, la inequidad es abrumadora. -Imaginemos que es ministra de salud en un país como Argentina, con recursos limitados en el ámbito sanitario y acceso desigual a tratamientos. ¿Cuál consideraría una prioridad? ¿Financiaría la investigación? ¿Impulsaría la producción de nuevos medicamentos? ¿Fomentaría el diagnóstico temprano? ¿Aumentaría la formación de especialistas? ¿Fortalecería hospitales? -Implementaría dos acciones: dar a conocer los resultados que estamos logrando y colaborar con agencias de salud pública y gobiernos. Estamos invirtiendo en Estados Unidos, pero no podemos llegar a Argentina y determinar qué deben hacer. Argentina tiene que construir su liderazgo. Además, lanzaremos un estudio clínico en Argentina y otros países: el PROTECT-Cog, que se centra en la prevención del riesgo de deterioro cognitivo mediante terapia combinada. Estudiaremos a 4,000 personas a nivel global. En este caso, adoptaremos un enfoque más flexible y menos intenso, y además incluiremos un medicamento metabólico. La idea es evaluar si la combinación de medidas multidimensionales en el estilo de vida, con la eficacia ya demostrada en LatAm-FINGERS, sumado a un fármaco que actúe sobre el metabolismo (como un agonista de GLP-1), puede reducir aún más el riesgo de deterioro cognitivo, deterioro cognitivo leve y demencia en adultos mayores con riesgo. Nuestra asociación se ha comprometido a invertir 100 millones de dólares para lanzar este estudio y buscaremos financiamiento del gobierno estadounidense. El objetivo es colaborar con la industria para obtener tanto el medicamento como el placebo. -Más allá del medicamento, los voluntarios tendrán que cambiar muchos hábitos de vida. ¿Hasta qué punto cree que la gente puede y está dispuesta a modificar su estilo de vida? -Lo que debe mejorar es la accesibilidad. No hay resistencia cuando se explica de manera clara y se facilita todo a la persona. Si ofreces acompañamiento, es más sencillo de lograr. María Carrillo está llena de contrastes. Su trayectoria académica, que abarca diplomas y títulos en el ámbito de la salud, la ha posicionado como una referente en el campo de las neurociencias y en el estudio de las demencias. Sin embargo, su historia personal también destaca por su singularidad: su madre fue una monja inmigrante mexicana que, al llegar a Estados Unidos, conoció a su padre, también mexicano, y terminaron casándose. Él, siete años más joven, provenía de un hogar de escasos recursos. Con el paso del tiempo, Carrillo ha creado su propia familia y hoy es madre de cuatro hijos, dos de los cuales han optado por la neurociencia como carrera profesional. Su esposo, sin que ella supiera al momento de elegir su profesión, también acaba de perder a su madre debido al Alzheimer. Carrillo es estadounidense, pero con una fuerte identidad mexicana. Durante una conversación posterior a la entrevista, revela que su teclado carece de letras acentuadas, lo que destaca su conexión con sus raíces. Su trayectoria está marcada por la dificultad y la resiliencia, lo que reafirma su compromiso con la salud. Cuando se le pregunta acerca de sus películas o series favoritas, responde que no tiene tiempo para verlas. En cuanto a sus libros favoritos, reconoce que consume demasiados como para poder seleccionar uno solo. Al rememorar un recuerdo especial, comparte lo siguiente: “Mi mamá fue una mujer sumamente fuerte. Fue misionera franciscana y estuvo en ese rol durante 16 años en México. Se casó a una edad que no era común en ese entonces, particularmente en México; de hecho, pensaba que iba a permanecer soltera. Durante una visita a Estados Unidos, conoció a mi padre en una iglesia de Chicago. Él era siete años menor, de familia humilde. Recuerdo que mi padre no sabía leer en inglés y, cuando era pequeña, le di un libro para que me lo leyera. Su mundo se le cerró. Le preguntó a mi madre: ‘¿Cómo le leo este libro?’ Ella, con gran ingenio, le respondió: ‘La niña no sabe leer. Invéntate una historia basada en las ilustraciones'” (risas). Al instante siguiente, aquella niña que vivía con un padre que no podía leer un cuento se convierte en la profesional que enfrenta el reto de convencer a referentes sanitarios de una docena de países latinos para que se unan en un ambicioso proyecto: el mayor estudio regional sobre demencia. Resulta fácil imaginarla exasperada ante la situación: “La primera propuesta que recibí contaba con doce propuestas diferentes. ¡No sabían comportarse como un consorcio! Lo que buscábamos era establecer un único centro. No íbamos a enviar doce becas”. Para lograr sus objetivos, Carrillo ha recorrido diversos caminos profesionales: “Estudié psicología experimental, que consiste en hacer experimentos con animales. Ahí fue donde me enamoré de lo que hoy se conoce como neurociencia. No sé si alguna vez has visto un cerebro humano o animal, pero es un pedazo de tejido fascinante. ¿Cómo es que ese tejido representa a una persona? ¿Cómo se almacena la memoria? Es realmente asombroso”. Se concentró particularmente en el estudio de la memoria, considerando que es relevante analizarla en momentos en que falla, lo que la condujo al enfoque en el Alzheimer. De su pasado surge una fuerte sensibilidad social: “El mundo latino es muy personal para mí, y por eso apoyo con fervor la investigación en la región”. Su presente, sin embargo, está marcado por su preocupación por un futuro tanto prometedor como desafiante: “Conocí a mi esposo a los 18 años. No sabíamos que cargaríamos con esta herencia. Su madre falleció a causa del Alzheimer, y es la tercera persona en su familia de cuatro que murió por esta enfermedad. Me preocupa la genética del Alzheimer y el posible impacto sobre mi esposo y sus hermanos. Pero lo que más me inquieta son mis hijos y la herencia que les estamos dejando”. María Carrillo se desempeña como directora científica y responsable de asuntos médicos de la Alzheimer’s Association, la mayor ONG dedicada a esta problemática a nivel global. Su formación incluye una licenciatura en psicología experimental en la Universidad de Illinois, un doctorado en neurociencias en la Universidad Northwestern, y una estancia postdoctoral centrada en el Alzheimer en la Universidad Rush en Chicago. Es parte de los consejos directivos del Global Brain Health Institute y de la GHR Foundation. Además, es coinvestigadora en el estudio U.S. POINTER y ha jugado un papel crucial en iniciativas regionales como el proyecto LatAm-FINGERS. Su identidad también incluye una serie de consideraciones personales: Un líder: el Santo Padre León XIV. Un prócer: Barack Obama (expresidente de EE. UU.). Un libro: leo numerosos libros a diario, y resulta difícil escoger solo uno. Una película: no es de las que más veo. Una serie: no consumo televisión. Un equipo: la selección mexicana. Una comida: mole poblano. Una bebida: vino tinto. Un lugar: Egipto. Una pasión: el cerebro. Un logro: el estudio U.S. POINTER. Una meta: concretar el proyecto PROTECT-Cog, de Prevención del Riesgo de Deterioro Cognitivo Mediante Terapia Combinada.
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