En los últimos años, diferentes sectores han cuestionado la función social y económica de las universidades, motivados por diversas razones, algunas más justificadas que otras. La llegada masiva de la inteligencia artificial (IA) ha agregado otra capa a este debate, levantando preocupaciones sobre la posible obsolescencia de los títulos y conocimientos adquiridos frente a la aceleración del cambio tecnológico.
Entre los detractores más influyentes del valor de las universidades se encuentran varios fundadores de algunas de las compañías tecnológicas más importantes a nivel global. Este mito se origina en las vivencias de figuras como Steve Jobs, Mark Zuckerberg y Bill Gates, quienes abandonaron sus estudios universitarios para fundar empresas que se convirtieron en pilares de la historia contemporánea, aunque todos ellos completaron un tiempo significativo en sus respectivas instituciones educativas antes de tomar esa decisión. Recientemente, Peter Thiel y Alex Karp, cofundadores de Palantir, una empresa especializada en software e IA para defensa y seguridad, han expresado su visión crítica sobre el rol universitario, argumentando que este está sobrevalorado. Thiel lo compara con una burbuja especulativa y con la Iglesia del siglo XVI, sugiriendo que premia la conformidad en lugar de la innovación. Por su parte, Karp critica el enfoque de las universidades, señalando que producen graduados con habilidades demasiado generales para ser competitivos en el actual entorno laboral. En respuesta a este contexto, Thiel lanzó la Thiel Fellowship, una iniciativa que ofrece becas de hasta US$250.000 durante dos años a jóvenes que opten por dejar la universidad y enfocarse en sus propios proyectos. Elon Musk, en consonancia, ha manifestado que gran parte del contenido que se enseña en las universidades puede ser adquirido a través de internet hoy en día. Es relevante mencionar que todos estos promotores del dropout tienen, en su mayoría, títulos universitarios, y que Karp, además, posee un doctorado en teoría social por la Universidad Goethe de Frankfurt. ¿Es esta una invitación a “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”?
Frente a este panorama, surge la interrogante sobre la verdadera utilidad de la universidad. Entre sus funciones primordiales debería estar la de impartir conocimientos, ofrecer métodos para buscar, organizar y procesar información, desarrollar habilidades de razonamiento y argumentación, fomentar el pensamiento crítico, promover el trabajo en equipo y facilitar el acceso a valiosas redes profesionales para las trayectorias laborales futuras. Los argumentos de Thiel, Karp y Musk sugieren que tales aportes no serían significativos, o incluso perjudiciales, para aquellos que buscan emprender. ¿Qué nos dice la evidencia empírica al respecto?
Un estudio de Ilya Strebulaev, experto en capital de riesgo…









